En la feria El Olivo de San Bernardo, la Ley 21.745 aún es solo un rumor entre puestos. Mientras unos temen al POS (Point of Sale o punto de venta en español) y la formalización, otros ven una oportunidad de crecer. El efectivo resiste con fuerza, pero el cambio ya comenzó, aunque sin el acompañamiento que muchos esperaban.

Por Ariel Herrera

Son aproximadamente las 07:00 y la jornada en la feria El Olivo, en San Bernardo, ya comenzó. Hace frío, hay neblina y algo de humo. La aplicación del tiempo marca 2° y se espera una máxima de 19°. Algunos feriantes encienden braseros, otros descargan camiones y varios ya toman desayuno.

A las 8:30, la mayoría de los puestos está listo. Entre los colores que emergen con el sol, el verde domina: lechugas, paltas, espárragos y brócolis. Mientras observo, comienzan las primeras ventas. Al recibir los billetes, algunos vendedores se persignan. Les pregunto qué harán cuando esa venta sea con tarjeta. Ríen. «Plata es plata», dice uno, aunque confiesan que prefieren el efectivo.

El 22 de mayo de 2025 se publicó la Ley 21.745, la que establece un régimen tributario especial para feriantes: deberán inscribirse en el SII bajo el giro de ferias libres y tener un permiso municipal vigente. La ley impone un impuesto único del 1,5% solo a las ventas electrónicas. A cambio, exime de contabilidad formal y declaración de impuestos. El objetivo es formalizar un sector históricamente informal, fomentando el uso de tecnologías de pago.

Me acerco al puesto de “Maruca”, conocida vendedora de desayunos. Me recibe el olor a sopaipilla caliente. Le pregunto si acepta tarjeta. “Solo efectivo o transferencia”, responde. Me cuenta que antes usaba SumUp, pero la comisión subió sin aviso, del 1% al 10%. ¿Volvería a intentarlo? Se encoge de hombros, dudando.

Pasadas las primeras horas, muchos comerciantes siguen esperando público. “Antes a esta hora ya no dábamos abasto”, dice uno mientras come una sopaipilla con palta. La feria cuenta con cerca de 300 puestos, pero solo uno acepta tarjeta, según Mario Cornejo, presidente del sindicato. Ese único feriante es Sebastián Ortega, quien afirma que sus ventas subieron hasta un 20% desde que usa Compraquí, la plataforma del Banco Estado: “Antes la gente preguntaba y, si no tenía, se iba. Ahora se quedan”.

A medida que el sol gana espacio, también lo hace el bullicio. Carros de feria, gritos, conversaciones y ruedas plásticas crean una sinfonía. Una mujer recorre varios puestos preguntando si puede pagar con tarjeta. Todos le dicen que no. En uno, un joven le propone una salida: “Si quiere, me transfiere un poco más y le doy vuelto en efectivo”. Ella duda, pero termina aceptando y transfiere 26 mil pesos. Se lleva las paltas y algo de dinero en efectivo para seguir con sus compras.

Ese tipo de acuerdos informales se repiten. En general, son los feriantes más jóvenes quienes se animan a ofrecer soluciones digitales, aunque con cierta precariedad: “A veces la señal falla, otras no tengo cómo dar vuelto”, comenta uno mientras revisa su celular.

Al avanzar el día, los protagonistas cambian: jugos naturales, barros lucos y empanadas. Una joven intenta pagar con tarjeta, pero se lo impiden. Se aleja en silencio. Nadie la detiene.

Poco a poco, los puestos comienzan a cerrarse. Algunos feriantes reparten ganancias, otros revisan sus teléfonos. Uno se queja: “Una señora me hizo transferencia, pero no me ha llegado la plata… ¿Cómo le cobro ahora?”. En otra esquina, una vendedora revisa lo que le queda en el mesón: “A veces uno le achunta, a veces no. Esto es así”.

Las ferias libres en Chile y el miedo a lo desconocido

La feria va apagándose como un campamento que se desmonta. Entre restos de verduras, cajas vacías y escobas barriendo el día, surge un nuevo tema: la inminente entrada en vigor de la ley. “A mí me dijeron que si no me inscribo en el SII me van a multar. Pero no entiendo nada”, comenta uno. Otro agrega: “Esto lo están haciendo pa’ controlarnos. Después van a cobrar más cosas”.

Más que rechazo al cambio, se percibe miedo a lo desconocido. No están en contra del progreso, pero sí de que llegue sin explicación, sin acompañamiento y con amenaza de multa. Como dijo el economista Ricardo Ruiz de Viñaspre, la implementación de esta ley no es en sí negativa, “pero el oferente debe decidir libremente si lo quiere usar. Si no, perderá clientes. Y si lo quiere usar, necesita que alguien lo acompañe en el proceso”.

Aferrarse al efectivo es también defender una forma de vida. Pero quizás la gran pregunta no sea si usar o no el POS, sino cómo asegurarse de que nadie quede fuera de esta transición.

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