Desde su sorpresiva irrupción en 2009, la figura de Marco Enríquez-Ominami redefinió los límites del progresismo en Chile. Este análisis profundiza en cómo sus múltiples candidaturas presidenciales no sólo terminaron con la hegemonía de la Concertación, sino que se convirtieron en el agente acelerador de la fragmentación política de la centroizquierda, pavimentando el camino para el surgimiento de nuevas fuerzas y la crisis de representación que persiste hasta hoy.

Por Martín Naranjo e Ignacio Maltés

(Este trabajo fue realizado en el marco de la asignatura Narrativa Transmedia, correspondiente al sexto semestre de la carrera, impartida por la profesora Francisca Lara).

La trayectoria de Marco Enríquez-Ominami (MEO) es el epítome de cómo un liderazgo carismático y personalista puede, al mismo tiempo, buscar una renovación ideológica y, de manera involuntaria, precipitar la dispersión y el declive de su propia corriente política. El exdiputado socialista, que irrumpió en la papeleta presidencial de 2009 con la promesa de una nueva generación, desafiando a la monolítica Concertación el bloque que había gobernado Chile por dos décadas, hoy se percibe como el factor de persistencia y fragmentación en el debate político chileno.

Quince años y cinco postulaciones después, su historia se entrelaza ineludiblemente con el colapso del bloque que una vez fue hegemónico. Este reportaje reconstruye, a través de análisis y testimonios, cómo MEO abrió la grieta: ¿Fue el proyecto de MEO un intento frustrado de renovación o el inicio de la dispersión progresista en Chile? La respuesta exige una mirada profunda a las consecuencias de un quiebre que la centroizquierda chilena aún no logra sanar.

La Ruptura de 2009: El Fin de la Hegemonía y la Legitimación de la Disidencia

El año 2009 no fue una elección más; fue el punto de quiebre que validó la fatiga ciudadana con la política de la transición. La Concertación de Partidos por la Democracia, que había mantenido el poder desde 1990, era percibida como una coalición envejecida, alejada de las bases y más preocupada de la administración de un modelo económico que de su transformación. En este escenario, la elección de Eduardo Frei Ruiz-Tagle como candidato se sintió como la máxima expresión de la continuidad y la falta de autocrítica del establishment.

En ese momento, Marco Enríquez-Ominami de 36 años, tuvo que renunciar al Partido Socialista (PS), ya que este forma parte de los cuatro grupos políticos que concentraban la Concertación (Partido Demócrata Cristiano (PDC), el Partido Socialista (PS), el Partido por la Democracia (PPD) y el Partido Radical Socialdemócrata (PRSD) y se postuló como independiente. A pesar de no contar con el apoyo del PS, MEO, realizó una campaña a través de diversos medios electrónicos para conseguir las firmas suficientes para hacer oficial su candidatura. Su mensaje, fresco y mediático, resonó con una generación que no sentía lealtad emocional por la Concertación y que buscaba un cambio generacional y programático.

Su impacto electoral fue rotundo y, según BBC NEWS:  “Algunos analistas consideran que sus críticas a la Concertación lo perfilan como el candidato del cambio y su creciente popularidad lo reafirma como un factor de consideración en las elecciones.”

Para el analista e investigador político Sergio Muñoz, el fenómeno ME-O tuvo un carácter disruptivo, pero también profundamente sintomático del malestar con el rumbo de la Concertación: “La gente consideraba que el modelo o el rumbo que había tomado la Concertación era negativo, que debían hacerse cambios más profundos.”

MEO, en su primera aventura como candidato presidencial rompió todos los esquemas logrando un sólido tercer lugar, según datos del Servel, obtuvo 1.405.124 votos, lo que representó el 20,14% de la votación total en primera vuelta. Pero, este creciente apoyo, provocó una gran problemática a la Concertación, donde Eduardo Frei-Tagle, obtuvo un 29, 60% de los votos, quedando en segundo lugar detrás de Sebastián Piñera con un 44,06% de las preferencias.

Tras quedar fuera de la segunda vuelta Marco Enríquez-Ominami, en una entrevista con Radio Bio-Bio, recopilada por Ciper señaló “Ya sé que Piñera no es mi candidato”, pero también criticó a Frei enfatizando que “no es ningún avance”. En segunda vuelta, el candidato de la Concertación, no pudo vencer a Piñera, quien fue electo por primera vez como Presidente de la República, con un 51,61% de los votos. Este evento marcó el fin de dos décadas de gobiernos de centroizquierda.

El cientista político Erik Astorga, ex asesor legislativo del Senado, describe este momento como un síntoma más que una causa: “La irrupción de MEO fue decisiva para exponer el quiebre del orden político de la centroizquierda. Pero él no creó la crisis: visibilizó una desconexión que ya era profunda.”

La Ruptura Formal: Salida del PS y Fundación del Partido Progresista (PRO)

Para oficializar su  candidatura presidencial MEO, decide renunciar al PS e ir al balotaje como  independiente. Tras la elección, MEO y sus seguidores formalizaron su proyecto político. La salida del Partido Socialista (PS) no fue un simple cambio de domicilio, sino una búsqueda de algo más.

En 2010, se fundó el Partido Progresista (PRO), siendo la  la primera jugada de alto octanaje que realizó MEO tras las elecciones, tal y como informó el ex jefe del comando de Marco Enríquez-Ominami, Max Marambio en una entrevista con Ciper, la ambiciosa estrategia incluía la formación de una federación y una fundación que permitieran evitar la dispersión del 20% de electores que lo apoyó en las elecciones de 2009.

La creación del PRO, estableció la primera gran división en el centroizquierda post-dictatorial. El partido se definió como una alternativa de izquierda, ideológicamente cercana a las demandas reformistas, pero con una identidad fuertemente ligada a la figura de su fundador.

La fundación del PRO fue un paso crucial en la fragmentación, ya que transformó el descontento pasajero de 2009 en una estructura política permanente con capacidad de competir electoralmente. Al convertirse en un polo de atracción para el “progresismo desencantado,” el PRO aseguró que la antigua Concertación nunca más pudiera recuperar el monopolio de la representación de ese sector.

La estrategia, sin embargo, se centró en la figura de su líder, siendo totalmente dependiente de las candidaturas presidenciales de Marco Enríquez-Ominami.

Para Sergio Muñoz, analista, investigador político y consultor en asuntos públicos, este tipo de luchas internas en los partidos, terminan fragmentándose en vez de ser impulsados: “No solamente pasó esto con MEO, sino que pasó con otro candidato de la DC, de apellido Saldívar, Que termina siendo un partido que también fue minoritario, que fue el PRI y que hoy por hoy el problema es que se generan estas luchas que son casi intestinas entre distintas alas dentro de los partidos y no son capaces de institucionalizarla».

La Institucionalización de la Dispersión y el Impacto en las Nuevas Fuerzas Progresistas

El espacio que abrió MEO en 2009 no se cerró nunca. Al contrario, terminó siendo una señal para muchos grupos y líderes que buscaban algo distinto a la Concertación. Al demostrar que era posible obtener una votación importante desde fuera de la coalición tradicional, MEO dejó en evidencia que existía un público disponible para propuestas progresistas alternativas. Eso permitió que nuevas fuerzas políticas se sintieran con legitimidad para competir por ese mismo electorado, lo que con el tiempo contribuyó a la dispersión y fragmentación que marcaría a la centroizquierda durante los años siguientes.

Valeria Carrillo, cientista política  lo formula desde otra perspectiva, apuntando a la debilidad estructural del sector: “La centroizquierda no ha logrado renovar sus liderazgos ni generar narrativas coherentes. MEO funcionó como un actor mediático que puso temas en la palestra, pero la fragmentación viene de mucho antes y tiene que ver con la falta de modernización de los partidos y con que cada uno defiende solo sus intereses».

Este precedente fue crucial para la aparición de fuerzas aún más críticas y novedosas. Si bien coaliciones como el Frente Amplio (FA), que se consolidó en 2017, tienen sus raíces más profundas en las movilizaciones estudiantiles de 2011, su legitimidad electoral y su capacidad para atraer a la juventud y al sector descontento fueron facilitadas por el camino que MEO había hecho el rol de pavimentar. El fenómeno MEO fue el primer gran intento de ruptura generacional y búsqueda de autenticidad en el progresismo, un concepto que el Frente Amplio luego llevaría a su máxima expresión e incluso lo lleva a tomar las riendas del país a día de hoy.    

Las posteriores candidaturas de MEO (2013, 2017 y 2021) mantuvieron una bolsa de votos que se redujo en términos porcentuales (llegando al 5,71% en 2017) y el punto más crítico de esta dispersión se manifestó en 2021. En un escenario de alta polarización, la postulación de MEO, con un 7,60% de los votos, se sumó a la de otros candidatos progresistas, afectando directamente la competitividad de la Democracia Cristiana (DC), cuya candidata, Yasna Provoste, terminó en un histórico quinto lugar con solo un 11,61% . La atomización del voto de centroizquierda facilitó una segunda vuelta entre el candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, y la nueva izquierda, Gabriel Boric.

Según Carrillo, el progresismo entró a la década de 2020 sin un proyecto claro, lo que dejó espacio para actores más individuales, como MEO, que capitalizan momentos de conflicto y pueden instalarse en el debate sin necesariamente construir organización.

Por su parte, Paloma Ossa, analista de datos de la Convención Constitucional 2021 es tajante respecto al rol de MEO en la dispersión posterior del sector: “No lo veo como una figura decisiva hoy. Su falta de consistencia, de partido y de equipo hicieron que su influencia se fuera desdibujando. Las nuevas fuerzas progresistas crecieron más por el desgaste del sistema político que por la figura de MEO.”

El candidato eterno

La decisión de MEO de postular a la presidencia por quinta vez en 2025, fue duramente criticada, recibiendo el apodo del candidato eterno. El pasado 18 de octubre del presente año, en el último día para realizar la inscripción. Marco Enríquez-Ominami, se dirigió al Servel para hacer oficial su candidatura, tras conseguir 37.000 firmas, superando el mínimo que eran de 35 mil.

Al igual que en su primera elección en 2009, Marco Enríquez-Ominami, se presenta como candidato independiente, en una entrevista con el programa Al Pan Pan, del Mostrador señaló: “Pienso que no tener partido ahora es una fortaleza”. Durante su campaña MEO, ha sido muy crítico con el mandato del Presidente Gabriel Boric, señalando:  “El Gobierno le ha dado la razón a la derecha en todos los temas clave: en pensiones, en salud, en el reconocimiento a los pueblos originarios, en el modelo económico. Es un gobierno que ha perdido coraje.”

Por otra parte sus compañeros de baile en esta carrera por llegar a la moneda, también han recibido críticas y ataques de parte de MEO, el el último debate Archi MEO criticó duramente a la candidata del oficialismo y al Gobierno saliente: “Candidata Jara, este es el problema de su gobierno, que es tan malo que (los de derecha) se permiten decir barbaridades y mentir en un programa tan importante como este”.

Pero… ¿Qué dicen las encuestas?. La Cadem del pasado 25 de octubre, revela una contienda cada vez más polarizada, con Jeannette Jara consolidándose en el primer lugar con un 27% de las preferencias y José Antonio Kast retrocediendo a un 20%. Mientras tanto, figuras como Johannes Kaiser (14%), Evelyn Matthei (13%) y Franco Parisi (11%), se encuentran peleando por el tercer lugar.

MEO aparece con apenas un 1% de intención de voto. Esta cifra no solo lo sitúa en un rol marginal, sino que también confirma un fenómeno recurrente en sus campañas más recientes: la erosión progresiva de su base electoral, que contrasta profundamente con el 20% que obtuvo en 2009 cuando irrumpió como una alternativa fresca y disruptiva frente a la política tradicional.

En el marco de su cierre de campaña en la comuna de El Bosque el candidato Independiente fue bastante crítico con las encuestas y con los analistas, señalando: “El pueblo de Chile está muy manipulado, con encuestas que tienen una tasa de rechazo del 98%. No las contesta nadie. Instalaron la idea de que la elección estaba cerrada, faltando el respeto a la gente que está acá”.

Las propuestas de MEO

En su campaña presidencial de 2025, Marco Enríquez-Ominami intenta instalar su proyecto político centrado en dos ejes: justicia social y seguridad, afirmando que ambos debían ir de la mano. Entre sus mensajes más repetidos estuvo la necesidad de avanzar hacia un sistema educativo más equitativo donde, según él, “un niño del Bosque tenga la misma educación que cualquier otro del país” además de impulsar un modelo económico distinto, que superara lo que definió como un “ciclo político y económico agotado”. 

También buscó instalar la idea de responsabilidad fiscal y tributaria como base para un progresismo moderno que pudiera reconectar con la clase media, aunque sus analistas coinciden en que el mensaje no logró mayor tracción electoral.

Ese énfasis se reflejó en su propio cierre de campaña, donde retomó los mismos conceptos con un tono más emocional y directo. Enríquez-Ominami insistió en que “la justicia social es la base de la paz”, llamó a votar “contra la manipulación” y defendió su trayectoria, afirmando que su candidatura había sido “una de las que más ha peleado con los poderosos” y “más ha recorrido Chile”.

Aun reconociendo las “cicatrices” acumuladas en sus campañas anteriores, sostuvo que seguía actuando desde la convicción y la persistencia de quien ha enfrentado “acusaciones horribles” y, aun así, continúa apostando por un proyecto que según él busca reparar las desigualdades del país. 

En base a este “recorrido” a nivel país,  MEO busca una descentralización, teniendo en cuenta la modernización productiva y la autonomía regional. Su propuesta que expone esto es la idea de elevar desde el 15% al 40% la inversión que se decide directamente en regiones, con el objetivo de reducir la dependencia del nivel central y dinamizar los gobiernos locales. Así lo señaló públicamente en su visita a la región de O’Higgins y en una entrevista con el medio “El rancagüino”.  

El fenómeno MEO, por lo tanto, no es solo la historia de un candidato que se ha postulado 5 veces a la presidencia, siendo catalogado como el candidato eterno, sino la crónica de un cambio estructural dentro de la centroizquierda. Él fue el primero en demostrar que la Concertación era vulnerable, que la base progresista y especialmente los jóvenes estaban disponibles para un nuevo liderazgo y que el descontento era una fuerza electoralmente capitalizable. Al hacerlo, queriendo o no, creó un camino que inevitablemente llevó a una división entre partidos. La centroizquierda chilena pasó de ser un bloque sólido a una agrupación de partidos y liderazgos variados (Partido Socialista, el Partido por la Democracia, PRO, Apruebo Dignidad/FA) que compiten entre sí, logrando la unidad solo en momentos críticos como las segundas vueltas.

Hoy, la persistencia de Marco Enríquez-Ominami, aunque marginalizada en las encuestas, se convierte en un símbolo melancólico. Su predicción de votantes para estas elecciones que rozan el 1% no se deben leer como un mero dato estadístico, sino como el eco de aquel 20% que, en 2009, gritó por primera vez el final de una era. Quince años después, el camino que MEO abrió ha sido transitado y ampliado por fuerzas más jóvenes y mejor organizadas, como el Frente Amplio, que lograron capitalizar de manera efectiva la anti política y que hoy se encuentran al mando del país.

Irónicamente, la mayor contribución de Marco Enríquez-Ominami, en la política no reside en el éxito de su propio proyecto, sino en haber actuado como el primer gran eje de la mutación progresista. Él acabó con la idea de que la Concertación era la única centroizquierda posible. El precio de esa liberación, sin embargo, ha sido una fragmentación crónica que obliga a sus herederos a negociar constantemente el espacio ideológico que antes se daba por sentado. La izquierda chilena, si bien hoy gobierna, lo hace como una coalición de necesidad más que de convicción monolítica, llevando las cicatrices de la dispersión que MEO ayudó a cimentar.

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