Eduardo Artés, considerado por muchos, el candidato más radical de Chile, descubrió que su mayor capital no está en las campañas políticas tradicionales, sino en los teléfonos de miles de jóvenes que convierten sus frases y personas en memes.
Por Constanza Valenzuela y Jesús San Martín.
(Este trabajo fue realizado en el marco de la asignatura Narrativa Transmedia, correspondiente al sexto semestre de la carrera, impartida por el profesor Leopoldo Iturra).
En un galpón del comando de Eduardo Artés, banderas pintadas a mano con spray cuelgan junto a carteles hechos con materiales de ferretería. No hay imprenta profesional, no hay agencia de publicidad, no hay presupuesto millonario. Pero hay algo que el dinero no puede comprar: 41,000 firmas recogidas una por una, conversación por conversación, meme por meme. Una presencia en redes que no se compra, multiplicando su nombre lejos de la política “convencional”.
Eduardo Artés, de 72 años, es una de las figuras más persistentes y controvertidas de la izquierda chilena de esta última década. Profesor, dirigente histórico del Partido Comunista Acción Proletaria (una colectividad que no está legalizada ante el Servel) y tres veces candidato presidencial, Artés ha construido su trayectoria desde el margen, defendiendo sin matices un marxismo-leninismo que incomoda incluso a sectores progresistas. Su estilo directo, confrontacional y sin concesiones lo ha convertido en un personaje que provoca conversación: para algunos es una rareza política anclada en la Guerra Fría, para otros es un símbolo de coherencia en tiempos de discursos calculados. Esa mezcla de radicalidad, autenticidad y desajuste con la política tradicional es la que hoy alimenta su presencia en redes y su inesperado salto a la cultura digital.
Su tercer intento presidencial ha sido distinto a los anteriores. Esta vez, cada frase confrontacional o declaración sin filtros se convierte en material memeable que circula por diversas redes sociales.
En sus primeras campañas representando al Partido Unión Patriótica, en 2017, Eduardo Artés obtuvo 24.015 votos, un resultado no muy bueno. Sin embargo, su popularidad creció de manera inesperada tras volverse viral un video en el que discutía con una ciudadana venezolana durante una manifestación frente a la embajada de Venezuela. Su frase mítica “¿Qué te crees tú, carajo?” se transformó en un meme ampliamente difundido, lo que despertó la curiosidad del público sobre su figura. Gracias a esa exposición, Artés logró cuadruplicar sus votos en las elecciones de 2021, alcanzando 103.181 sufragios. Ese impulso lo llevó a postularse como candidato independiente en 2025, reuniendo 41.000 firmas de apoyo.
La campaña orgánica: memes sin presupuesto
Según explican desde el comando, si bien no existe una “estrategia meme” formal, sí reconocen que el humor digital se ha convertido en un motor inesperado para amplificar la campaña. La lógica es orgánica: la gente crea sus propios memes sobre Artés y, tanto el equipo como el propio candidato, los comparten cuando consideran que aportan al espíritu de cercanía.
Esa circulación espontánea ha terminado convirtiéndose en un puente inesperado con la Generación Z, que encuentra atractivo ver a un candidato mayor y radical moverse con soltura en los códigos de internet. Para ellos, es una mezcla llamativa: humor que entretiene y un personaje político que despierta curiosidad justamente porque rompe con lo habitual en la política tradicional.
“Nosotros luchamos contra el gran capital por vía de la organización, que es la única riqueza que nos queda”, dice Gaspar Ortíz, militante del comando. La campaña de Artés encontró en los memes un aliado inesperado. Sin recursos para publicidad tradicional, cada declaración polémica de Artés se convierte en material memeable que sus seguidores amplifican orgánicamente.

Fenómeno Artés: cuando lo radical se vuelve memeable
Eduardo Artés no es influencer. Es “un político revolucionario que las redes sociales llevaron donde está”, según su equipo. Esta tercera campaña presidencial ha sido distinta. Cada frase confrontacional de Artés se transforma en meme que circula por Instagram, Twitter y TikTok.
Sin embargo, a inicios de año Artés casi no subía contenido, pero tras la explosión de atención mediática comenzó a publicar de manera mucho más activa, incorporando memes, videos cortos y referencias irónicas mezcladas con mensajes programáticos.
“Es la manifestación de lo que mucha gente quiere decir y no tiene espacio dónde decirlo”, explica Ortíz sobre la campaña memética. “Aparece Eduardo que no tiene nada que perder, pues no tiene grandes corporaciones que lo respalden”. Esa libertad convierte a Artés en auténtico, y la autenticidad es meme.
Francisca Valenzuela, publicista digital, identifica el mecanismo: “Si analizamos las propuestas de video de los candidatos, la intención es generar conexión. Plataformas como TikTok permiten llegar a jóvenes mediante jergas y tendencias”. Para la campaña de Artés, esa conexión es orgánica. “Cada candidato elige una tendencia y la une con su identidad de marca”, explica Valenzuela. Los memes de Artés amplifican su imagen de revolucionario sin filtros, “generando recordación y construyendo lazos con comunidades”.

¿Por qué Artés necesita los memes?
El comando entendió que ese lenguaje funcionaba y Artés (aunque pertenezca a otra generación) se adaptó al código viral porque sintió que allí había un público dispuesto a escucharlo. Esta estrategia coincidió con un crecimiento acelerado en sus plataformas: alcanzó los 107 mil seguidores en Instagram, que se consolidó como su principal fuente de difusión, interacción y viralidad. Ese salto no responde solo al humor, sino a un fenómeno más amplio donde la exposición en debates, la circulación de memes y la estética digital se retroalimentaron, convirtiendo a Artés en un personaje omnipresente en redes aun cuando su peso electoral siga siendo acotado.
La campaña de Artés tiene una relación conflictiva con medios tradicionales. “¿Para qué nos invitan? Para aplaudirles su periodismo no neutral”, dice Ortíz. Cuando preguntan a Artés sobre “la dictadura de Venezuela”, el comando lo interpreta como trampa. Al rechazar a los medios tradicionales, Artés se posiciona como una persona auténtica. Y ese posicionamiento necesita canales alternativos: los memes.
“Las redes sociales son una forma más de lucha”, sostiene Ortíz sobre la campaña digital. “Es salir al cerco comunicacional”. Cada meme de Artés es acto de resistencia. Cada vez que un joven comparte una frase memeable de Artés, rompe el monopolio informativo. La campaña convierte la viralidad en apoyo.
Si bien los memes no garantizan votos masivos, sí construyen algo que para un partido tan radical como el de Artés resulta invaluable: capital simbólico. Generan simpatía, visibilidad y una sensación de cercanía inesperada para un candidato históricamente situado en los márgenes del sistema político y mediático. En una era donde la conversación pública se decide en TikTok, Instagram y X, ese capital puede terminar siendo más influyente que la franja electoral.
La paradoja marxista: Artés es meme en plataformas capitalistas
La campaña enfrenta una contradicción: ¿cómo un marxismo-leninista (como el se autoproclama) usa Instagram para difundir anticapitalismo? Ortíz responde: “Muchos nos dicen cómo utilizamos celular. Es invento de trabajadores, trabajo humano en tecnología adquirida con nuestra fuerza de trabajo”. Las herramientas no tienen ideología. La campaña de Artés usa celulares como arma de agitación. Los memes circulan en plataformas capitalistas, pero con mensaje anticapitalista.
La zona gris del Servel: cuando los memes esquivan la regulación
La campaña de Artés opera en un vacío legal que el Servel no puede fiscalizar. Según el Manual de Propaganda Electoral 2025, solo constituye propaganda electoral “la publicidad en redes sociales cuando exista contratación y un respectivo pago”. El contenido orgánico sin pago, las cuentas personales que comparten memes, no se consideran propaganda.
Ahí está el genio involuntario de la campaña memética de Artés: los memes circulan todo el año, no solo en periodo electoral. Y ni siquiera los crea él. Son los usuarios quienes convierten sus frases en virales, sin mediar pago alguno. El Servel define esto como “comunicaciones privadas” que “se entenderán comprendidas en el ejercicio del derecho a la libertad de emitir opinión”.
Mientras otros candidatos deben pagar por cada anuncio patrocinado en Instagram o TikTok, rindiendo esos gastos ante el Servel, la campaña de Artés recibe propaganda gratuita 365 días al año. Su única inversión: seguir siendo polémico. Cada frase radical se convierte en meme orgánico que circula sin fiscalización, sin límites de gasto, sin periodo de campaña.

Es la campaña perfecta para quien no tiene recursos: dejar que internet haga el trabajo. Los memes de Artés no necesitan agencia publicitaria ni presupuesto. Solo necesitan autenticidad memeable. Y eso, ningún manual del Servel puede regular.
La campaña sabe que los memes tienen límite. Viralizan, generan simpatía, pero no construyen militancia. “Está bien el meme con Eduardo, pero si quieren ser como Artés tienen que organizarse”, advierte Ortíz. “Aquí no es solo reírse, hay que luchar”.
Durante la recolección de firmas, miles querían fotos con Artés para sus redes. Pero la campaña necesitaba firmas, no likes. Ortíz implementó el “trato”: primero firmas, después foto. Los memes atraen, pero la organización retiene. La campaña viral de Artés engancha con humor, pero transforma con conciencia.
Memes como termómetro: lecciones de campaña desde Nepal
Martín Caballero-Magna, politólogo, ofrece perspectiva: “Los memes representan el contexto país, son representación lúdica del sentir”. Para la campaña, los candidatos pueden aprender: “Los que más tienen memes suenan más en encuestas. ¿Has visto memes de Matthei? Yo no, cayó en irrelevancia. En 2021, había muchos memes de Kast, sirvió para darse a conocer”.
Pero el poder de los memes trasciende popularidad. En septiembre de 2024, Nepal vivió protestas masivas tras un bloqueo gubernamental de Facebook, Instagram, WhatsApp y X. La ira contra corrupción se articulaba, “memeaba” y organizaba en redes. “Es más fácil que vean un meme a que lean propuestas”, reconoce Caballero-Magna sobre cualquier campaña.
El caso nepalí revela por qué gobiernos temen las redes: no solo la información, sino la movilización emocional de los memes. La campaña de Artés entiende este poder: los memes no son frivolidad, son termómetro del descontento social.

Artés como visionario: cuando la campaña coherente ya es meme
Otro elemento clave del fenómeno “memético” es la coherencia ideológica de Artés. Su discurso, prácticamente inalterado a lo largo de los años, hace que muchos jóvenes lo perciban como una figura auténtica y reconocible. Esa consistencia facilita la creación de memes: quien sigue a Artés sabe qué frases usar, qué tono replicar y qué postura esperar. En un escenario político donde la mayoría de los candidatos modera o ajusta su mensaje según el momento, la previsibilidad de Artés se vuelve un activo inesperado.
La campaña de Artés creció por ser reivindicado por acontecimientos. En 2016, cuando el Frente Amplio se consolidaba, Artés se negó a sumarse. “Fuimos acusados de ayudar a la derecha. Decíamos: ‘Es maniobra de la Concertación’”. Nueve años después, con Boric enfrentando crisis, el discurso de Artés cobra validez. “La vida nos dio razón”, celebra Ortíz. Los memes de Artés como “profeta” circulan: no es magia, es metodología marxista. Pero ser consistente se lee como autenticidad. Y la autenticidad de Artés se memea.
Otro ejemplo de esto puede ser cuando en 2019, ya discutía que el problema de la migración iba a explotar en algún momento, con su famoso viral:

La campaña sorprende por diversidad de apoyo. En la Católica recogieron 6,000 firmas. Ortíz comparte que estudiantes de derecha firmaron: “Firmo no porque simpatice, sino porque Artés ha sido consecuente”. La campaña convirtió rigidez ideológica en valor. Los memes de Artés necesitan personajes definidos y él da material memeable consistente.
La brecha electoral: memes virales, votos marginales
Existe brecha entre popularidad digital de Artés y resultados electorales. Sergio Fuenzalida, Analista político explica: “Tiene buen manejo en redes, pero no es voto útil. Votantes de izquierda saben que votar por Artés es perder el voto, será candidato del 0, 1% ó 2%”.
Caballero-Magna profundiza sobre la campaña: “Artés no es figura atractiva para mayorías. Con sus cuñas tiene que hacer ruido para que lo escuchen. Hay candidatos que buscan hacer ruido para que venga prensa”. Y ese ruido encuentra eco específico. “La mayor parte del voto de Artés es joven. Los viejos de izquierda están con el Comunista o Socialista. La base joven de Artés está en universidades, son los más revolucionarios”, explica Caballero-Magna sobre la campaña universitaria.
La ideología que hace memeable a Artés lo hace inviable electoralmente. “Mientras todos discuten si Venezuela es dictadura, Artés dice: me gusta Corea. La gente valora que mantenga línea, pero en la urna saben que votar por Artés no gana”. Es la paradoja de la campaña: apoyo cultural versus político. “Conecta con jóvenes, habla su lenguaje”, reconoce el analista sobre los memes de Artés. “Queda como entretenido, like, lo comparto, pero después no votan”.
El problema es estructural. “A la extrema izquierda nunca le va bien en Chile. El votante de Artés es marginal, quedó en Guerra Fría, en lógicas antiimperialistas minoritarias”. La campaña de Artés está atrapada: entre pureza ideológica e irrelevancia electoral. Los memes viralizan, pero no convierten en votos.
Cuando se pregunta a Ortíz si la campaña digital generó simpatía política o curiosidad viral, responde: “Hubo curiosidad, viralidad con memes jocosos, pero también planteamos línea de la cual no nos arrepentimos”. Los memes atraen por curiosidad, pero consistencia convierte. La campaña de Artés abre puertas con viralidad, pero la organización las sostiene. “Somos revolucionarios, no conservadores. Entendemos que comunicaciones, formas de lucha se diversifican”, dice Ortíz sobre la campaña digital.
La campaña será memeada, pero ¿Es suficiente?
Las 41.000 firmas de la campaña de Artés no fueron solo producto de memes. Fueron síntesis: viralidad y organización. Los memes de Artés llegaron a estudiantes que nunca leerían panfletos marxistas.
Pero el comando lo sabe: los memes no ganan elecciones. “Aquí no es solo reírse, hay que luchar”, resume Ortíz. El meme es invitación, la organización es casa. La campaña de Artés encontró equilibrio: usar herramientas digitales sin ser usada. Convertir a Artés en meme sin reducirlo a meme. Viralizar sin trivializar.
El fenómeno de la campaña reveló algo: los jóvenes no rechazan la política, rechazan falsedad. No les molestan ideologías radicales, les molestan candidatos que cambian según encuestas. Incluso Artés, marxista-leninista, puede volverse viral si es genuino.
La pregunta persiste: ¿Qué pasa cuando los memes no llegan a la urna? Ahí está la contradicción de Artés: ser el más memeable, pero menos viable electoralmente. La campaña opera en la zona gris perfecta: propaganda perpetua sin fiscalización, viralidad sin inversión, resonancia cultural sin poder político.
Y eso, ni Artés ni su comando están dispuestos a transar.

