Más del 70% de los estudiantes mapuche ha sentido discriminación dentro de sus espacios educativos. ¿Qué pasa cuando tu apellido provoca burlas y tu idioma incomoda?

Por Ayenray Llanquitru

—¿Terrorista?
Camila se quedó inmóvil. Había escuchado muchas veces prejuicios sobre los mapuche, pero no esperaba oírlos en una clase universitaria. Ni que vinieran de un compañero. Ni que nadie dijera nada.

—Eso son, po. Los mapuche quieren todo gratis y no hacen nada —dijo otro.
El profesor continuó la clase. Nadie alzó la voz. Nadie se incomodó. Nadie más que ella.

Camila Naipán, lamngen y estudiante mapuche en la Universidad Católica, no dijo nada ese día. Pero fue en ese mismo silencio que decidió que tenía que hablar. Tardó tres años en hacerlo. “Desde el momento uno sentí que no pertenecía, que era difícil nombrarme mapuche en un espacio como este. Era morena, con ojos grandes. No entraba en el estereotipo. Nadie se iba a sentir en mis zapatos”, recuerda.

En una universidad donde predominan los apellidos de élite, las becas privadas y los ojos verdes, identificarse como mapuche puede sentirse como una resistencia solitaria. La diferencia no está solo en los rasgos, sino en el kimün —el conocimiento mapuche— que rara vez tiene cabida en los programas académicos. “En los ramos se repiten los estigmas de siempre: que somos flojos, borrachos, ignorantes. Ahí fue cuando me paré. Dije: no, yo soy mapuche. Y no voy a esconderlo más”, cuenta Camila.

Pero resistir sola es agotador. Por eso, para ella y otros estudiantes, Trawün Tinkuy —una organización indígena al interior de la universidad— se ha convertido en un refugio. Cada jueves se reúnen a almorzar en grupo. A veces no hablan de política, ni de lengua, ni de identidad. Solo comen. Se ríen. Se acompañan. Y ese gesto, aparentemente mínimo, se vuelve esencial. “Nos afirmamos entre nosotros”, dice Francisco Huilcaman, estudiante mapuche y miembro activo del espacio: “Es como sentarse en círculo en el lof (comunidad mapuche). Como volver a casa”.

La realidad de los universitarios mapuche en Chile

En esa línea, según el Ministerio de Educación (2023), cerca de 140 mil estudiantes de pueblos originarios cursan actualmente la educación superior en Chile. La mayoría son mapuche. Y aunque su presencia ha aumentado en número, no siempre se traduce en representación real. Universidades como la de Los Lagos son excepciones, con más del 40% de matrícula de alumnos de algún pueblo originario. En el resto, siguen siendo un dato marginal. La infraestructura, los planes de estudio y la cultura universitaria siguen centrados en un conocimiento monocultural, blanco, castellano.

Un informe del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) ya advertía en 2021 que el sistema educativo chileno reproduce una “grave invisibilización de las culturas originarias”, donde no solo se omite la historia precolonial, sino también se minimiza la lengua y cosmovisión indígena. La escolarización, en muchos casos, ha significado desarraigo y vergüenza cultural.

Para Francisco Huilcamán, estudiar en Santiago fue también aprender a traducirse: su apellido deformado, su idioma incomprendido, sus saberes ridiculizados o folclorizados. “Respirar en la universidad es un privilegio, pero también una pelea constante”, dice. Porque el conocimiento sigue viniendo del centro. Porque los textos no los nombran. Porque tienen que explicar, una y otra vez, que su historia no empezó con la llegada del Estado. Ni termina en la miseria. Ni cabe en una sala que no los escucha. En ese contexto, la lengua se vuelve frontera. O trinchera.

Wentru Manke —profesor de mapudungun e influencer con más de 30.000 seguidores— lo sabe bien. Por eso, hace años decidió enseñar el idioma en redes, en clases abiertas, en encuentros presenciales, en donde sea que alguien quiera escucharlo. “Cuando llegué por primera vez a Santiago, vi que los jóvenes estaban con muchas más ganas de aprender mapudungun que en el sur. Allá, en los lof, muchos se avergüenzan. Aquí, en la ciudad, lo buscan como algo que les negaron. Como un retorno”, cuenta.

Para él, la revitalización de la lengua no depende solo del Estado. “Está bien pedir apoyo, pero esto debe partir de nosotros. Si no lo tomamos en serio, si necesitamos subtítulos para entender nuestro propio idioma, no importa cuántas publicaciones existan”, dice: “La responsabilidad hoy es nuestra. Tenemos que dejar de culpar a la abuelita por no enseñarnos. Hoy somos nosotros quienes tenemos que actuar”.

Al respecto, un estudio reciente publicado en la Revista Latinoamericana de Educación Inclusiva (2023) advierte que la revitalización lingüística del mapudungun en contextos urbanos se ve limitada no solo por la falta de políticas públicas consistentes, sino también por la ausencia de estrategias pedagógicas con enfoque intercultural real.

«Soy Ayenray Llanquitru y me da miedo que se pierda mi cultura»

Lo dicen los pasillos, donde un nombre como el mío —Ayenray Llanquitru (la tercera de izquierda a derecha en la foto que ilustra esta nota)— se transforma en “Yen” o “Ayen” para facilitarle la vida al resto. Y lo dicen nuestras historias. Yo soy de un lof, o cómo me presentaría en mi lengua materna: Llaullahue pingen tañi txokin lof, Querehue lof mapumu, fantepu Santiago marilla mew mülen (mi comunidad se llama Llaullahue, en Quecherehue, pero actualmente vivo en Santiago). Llegué a la ciudad hace cuatro años, buscando un futuro que me prometieron en las aulas, pero que nunca me representó. Estudio en la Universidad Finis Terrae y hasta hoy no hay un solo espacio que me abrace como mapuche. Todo lo que he encontrado lo he tenido que buscar por mis propios medios. Por eso, cuando llegué a Trawün Tinkuy, entendí que no estaba sola. Que resistir también es reunirse, también es compartir un almuerzo, también es decir “yo soy” sin miedo.

A veces me siento incomprendida. A veces me da miedo que se pierda mi cultura. Veo a mis compañeros mapuches y muchos no hablan mapudungun ni les interesa mucho. Así se va perdiendo el kimün. El conocimiento que nos hizo pueblo.

Son mundos distintos, el huinca (no mapuche) y el mapuche. A veces, imposibles de traducir entre sí. Me pasa a menudo: me esfuerzo por explicar lo que siento, pero no me entienden. Entonces me callo. Entonces pienso si vale la pena. Pero luego me acuerdo de lo que me sostiene: mi nombre, mi historia, mi lengua, mi lof.

Por mucho tiempo sentí vergüenza de mi nombre, de mi piel, de mis palabras. Hoy lo llevo con orgullo, aunque me tiemble la voz. No por mí solamente, sino por todos(a) quienes aún tienen miedo de decir quiénes son. Ser mapuche en la universidad no debería ser un acto de valentía. Pero lo es. Y mientras siga siéndolo, seguiré hablando, aunque no me entiendan. Aunque me cambien el nombre. Aunque me quede sola. Porque si me quedo callada, ¿quién va a contar esta historia?

Hablar de esto no es solo relatar hechos. Es recuperar lo que nos dijeron que no valía. Es darle lugar a lo que por tanto tiempo fue ignorado. Y ahí aparece Wallmapu, que no es solo un lugar. Es una forma de estar en el mundo, de nombrarlo, de sentirlo.

Es cuando la lamngen Camila se planta en una sala y habla mapudungun sin pedir permiso, cuando Francisco escribe su apellido completo en la portada de un trabajo, cuando Wentru Manke defiende la revitalización de la lengua mapuche en cada conversación, ahí están haciendo algo más que resistir: están trayendo Wallmapu a espacios que nunca fueron pensados para lo mapuche.

Y cuando yo escribo este reportaje, con mi nombre completo, sin recortes ni apodos, también estoy habitando ese gesto. También estoy volviendo. Porque Desde Wallmapu a la sala de clases no es solo un trayecto físico. Es el regreso de todo lo que alguna vez nos dijeron que debíamos dejar atrás. Y al entenderlo, todo cobra sentido.