La deportista entrena con la mirada puesta en Los Ángeles 2028. Pero detrás de las medallas y la preparación física, hay una mujer que ha aprendido a convivir con el sacrificio, las frustraciones, la soledad y el desgaste emocional.
Por Nicole Contreras
Con apenas ocho años, Fernanda Aguirre ya sabía lo que era enamorarse del combate.
“Siempre me dijeron que era una peleadora innata”, recuerda entre risas. Desde entonces, el taekwondo no ha sido solo su disciplina, sino su forma de vida. Hoy, con más de una década de trayectoria y una participación en los Juegos Olímpicos París 2024 a cuestas, la seleccionada nacional chilena se proyecta con fuerza hacia Los Ángeles 2028, con la misma determinación con la que enfrentó una inesperada clasificación olímpica y un cambio de categoría que la obligó a reinventarse: “No era algo tan esperado, estaba lesionada, sin nivel, pero se dio. Fue algo que me marcó”.
Sin embargo, la vida de un deportista federado va mucho más allá de los podios. Aguirre
comparte el esfuerzo invisible de quienes representan a Chile sin el respaldo mediático y social que muchas veces merecen. “Somos números, es un deporte individual”, dice. Las presiones psicológicas, la exigencia física diaria, a veces con lesiones de por medio, y la falta de masificación del taekwondo en Chile forman parte de su diagnóstico, pero también su motor de cambio.
Fernanda Aguirre cree en el poder transformador del deporte y en la necesidad de visibilizar lo que ocurre fuera del tatami: desde los sacrificios personales hasta la rutina que la ayuda a desconectarse. “Ir a tomarme un cafecito, caminar… eso me salva”, confiesa. También entiende que visibilizar esta realidad puede inspirar a otras mujeres a romper estigmas, persistir en sus procesos y creer que su lugar también está en el alto rendimiento.
—¿Cómo se prepara mental y físicamente para competir?
—Entreno de lunes a sábado, muchas veces en doble jornada. Tengo una planificación muy estructurada que diseñan mis entrenadores, considerando cada competencia y cada ciclo. En lo mental, cuento con el apoyo de mi psicólogo Pablo Arreza, con quien trabajo semanalmente. En este nivel, no basta con estar bien físicamente. Lo mental influye demasiado en cómo enfrentas una pelea, cómo te recuperas de una derrota o incluso cómo lidias con tus propios pensamientos antes de competir.
—¿Qué significa para usted ser parte del Team Chile?
—Es un orgullo gigante. Uno afuera ya no es Fernanda, es “Chile”, así te llaman, así te conocen. Es una responsabilidad enorme representar a un país entero y también algo que soñé desde que era niña. Me llena de emoción cada vez que compito con el uniforme del Team Chile porque sé que muchas personas me están mirando y esperando lo mejor de mí.
—¿Cuál es el aspecto que más trabaja en sus entrenamientos?
—La actitud. Sí, el taekwondo es muy técnico, pero todos entrenamos lo técnico, lo táctico y lo físico. Lo que marca la diferencia es cómo te enfrentas a cada jornada, cómo te sobrepones a los errores y cómo mantienes la confianza. La actitud es lo que prevalece cuando todo lo demás falla.
—¿Cómo vivió el no poder competir en Tokio 2020 por COVID-19?
—Fue horrible. Me preparé años para ese momento, hice sacrificios enormes y no poder debutar fue lo peor que me ha pasado en la vida. Siento que marcó un antes y un después en mi carrera. Pero después entendí que hay cosas que simplemente escapan de nuestro control, y que lo más importante es aprender a disfrutar el proceso. No todo es el resultado. El deporte me ha quitado mucho, pero también me ha enseñado demasiado.
Fernanda Aguirre: «El deporte tiene fecha de caducidad, el sacrificio no»
—¿Qué le enamoró del taekwondo cuando comenzó?
—Empecé a los ocho años. Me encantaba la idea de pelear, de competir. Siempre me decían que era una peleadora innata. Yo misma decía: “Hoy les voy a dar patadas”. Me gustaba la sensación de superarme, de medir fuerzas, y también que no importaba si eras niño o niña, en ese momento era pelear, nomás.
—¿Cómo maneja el miedo al fracaso en competencias importantes?
—Es complicado. El miedo a perder siempre está. Hay días en que te sientes invencible y otros en los que la cabeza te juega en contra. A veces, por más que tu cuerpo esté bien, la mente no responde. Ahí es donde la psicología deportiva cumple un rol clave. He aprendido a aceptar que el miedo es parte del proceso y que no se trata de eliminarlo, sino de aprender a competir con él.
—¿Qué le gustaría que la gente viera más allá de una atleta en el podio?
—Todo el proceso. La gente ve la medalla, pero no ve lo que hay detrás: los entrenamientos con lesiones, los días en que te sientes mal emocionalmente, los problemas personales que igual tienes que dejar de lado. Entrenamos todos los días al 100%, incluso si discutiste con tu pareja o si estás mal con tu familia. Es una exigencia constante. Y más allá del esfuerzo físico, también hay dolor. El cuerpo sufre: las caderas, las rodillas, los tobillos. Todo por un sueño.
—¿Qué hace para desconectarse del mundo competitivo?
—Terminé la universidad, estudié para ser entrenadora deportiva, y eso me ayudó mucho a distraerme. Hoy, cuando tengo un rato libre, trato de descansar, salir a tomar un café, ir al mall, caminar un poco. Son cosas simples, pero me ayudan a despejarme del ritmo intenso del alto rendimiento. Ahora pronto empezaré a trabajar también, así que será una nueva forma de desconectarme.
—¿Siente que el deporte le ha quitado cosas importantes en su vida personal?
—Sí, siento que me ha quitado varias cosas. Es difícil mantener relaciones amorosas, amistades, compartir con la familia o estar presente en celebraciones. Viajo mucho, me pierdo muchos momentos significativos. Pero también me ha dado demasiado: experiencias, aprendizajes, amistades que valen oro. El deporte es corto, tiene una fecha de caducidad, pero lo que deja es inmenso. Para celebrar hay toda una vida, pero este momento hay que vivirlo ahora.

